Década tercera y sexta

Década tercera (parte I)

No hubo palabras. Mi memoria resalta con gran nitidez la cara de Mercedes al vernos, ambas con lágrimas silenciosas en las mejillas. Se    acercó y, sin decir nada, arrebató de mis manos ese papel amarillo tan feo que tantas familias temían, con el que se informaba de la muerte de alguien. Los gritos de Consuelo, a la que Manuel se tuvo que llevar para tranquilizarla, desgarraron la noche.
Después, todo fue muy rápido. Mi padre llegó pocos minutos más tarde de la obra. No gritó, ni siquiera golpeó nada. Simplemente se quedó quieto, sin parpadear, bloqueado, como si le hubieran arrancado el alma. La noche pasó sin que nadie pegara ojo. Recibimos muchas visitas de vecinos que querían darnos su pésame. También vino el nuevo cura de la pequeña parroquia que habían construido tras la destrucción de la bella iglesia. A la mañana siguiente parecía que toda Triana iba a dar su último adiós a Ana.

Década sexta (parte II)

Fue un periodo de tiempo feliz durante mi pasada década... Uno de los únicos, quizá.
Los años siguientes fueron buenos para España. La economía avanzaba poquito a poquito y los españoles limpiaban sus almas del dolor que había provocado Franco, años atrás. Por las calles era fácil escuchar risas de niños jugando despreocupados; y las mujeres, especialmente, vieron su vida cambiada por completo, con el paso de los años.
Aunque esto me alegraba, en realidad sólo era de una manera superficial. La soledad me invadía día a día. Sí, tenía a mis hijos, pero Paula tenía su vida y la veía un día a la semana con los niños. Porque sí, tuvo otro hijo más. Fue niña y la llamó Amparo, como yo. ¡Me hizo tan feliz…!

Marta Prior Pérez

 


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