¿Soy un manipulador?

A estas alturas de mi vida y con casi 25 años como Psicólogo Clínico, ya debería saber si una persona es o no manipuladora, incluyéndome a mí mismo.

A nivel externo, debo decir que tengo cierta capacidad para detectar a este tipo de personas; sin embargo, no es tan fácil cuando se trata de evaluarme a mí mismo. ¿Me estaré manipulando?

Las personas que me asignan tal etiqueta, lo argumentan diciendo que muchas veces consigo que los demás hagan cosas que, en principio, no estaban dispuestas a hacer: Escribir en un libro; Hablar en público; Declararse a alguien que le gusta; Preparar un viaje; Cantar en un escenario; Iniciar una carrera universitaria, etc., etc.

Ante esto, debo decir que la razón no les falta, puesto que de lo que se me “acusan” se ajusta a la realidad, por lo que quizás todas estas personas sí estén diciendo la verdad.

Pero todo cambia cuando me pregunto: ¿Qué gano yo cuando estas personas se comportan en contra de sus miedos?, ¿de sus bloqueos?, cuando rompen sus cadenas y son capaces de volar tan alto y más, como les permitan sus alas.

Inicialmente es obvio que mis ganancias económicas, fuera del campo de mi profesión, están exentas en todas estas situaciones en las que “me mojo” demasiado. No obstante, pensándolo con la tranquilidad que me da el silencio de mi despacho, el calor de la estufa y varias hormigas que pasean ahora mismo por debajo de mi sillón, debo decir que sí que obtengo recompensa.

Cuando una persona da un paso adelante y se siente orgullosa de su logro, yo me siento partícipe, “culpable” de fomentar la proactividad. Engorda mi autoestima ver a alguien que teme hablar en público, ponerse delante de un auditorio y decir aquí estoy yo, o escribir en un libro, y no esconderse de haberlo hecho.

Pensándolo bien, quizás sea un manipulador, pero siento que entonces la RAE debería introducir una acepción nueva en su definición, dándole un carácter más positivo a su contenido. ¡Bueno, ya estoy manipulando otra vez! No tengo remedio.

Manuel Salgado Fernández

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